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PERO… ¿QUÉ ES ESO DEL INCONSCIENTE?

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PERO… ¿QUÉ ES ESO DEL INCONSCIENTE?

En psicoterapia, hay diferentes maneras de hacer y entender los procesos terapéuticos. Según el enfoque con el que se identifique cada psicoterapeuta, y los objetivos del cliente, se incidirá más sobre las conductas observables, los pensamientos repetitivos, nuestras sensaciones físicas, lo emocional… Como seres sistémicos, lo que ocurra en un elemento influirá en los otros, y por tanto todos ellos son caminos válidos, siempre que encajen con el tipo de recorrido que la persona quiere para sí misma.

Sin embargo, cuando alguien quiere lograr un cambio profundo en su manera de sentir, pensar y relacionarse, cuando quiere cambiar eso que llamamos su personalidad, nos vamos a encontrar con la necesidad de afrontar que, por debajo de cómo decidimos actuar, están los procesos inconscientes que imponen su inercia, y que generan la mayor parte de las resistencias al cambio.

Cuando explicamos esto algunas personas se asustan y echan mano de lo que el imaginario colectivo asocia con un sesudo psicoanalista interpretando los sueños y actos fallidos del aplicado paciente tendido en el diván. O identificamos “el inconsciente” con un elemento oscuro e inquietante de nuestra mente.

Sin embargo, lo inconsciente no es “un lugar” de la mente que necesariamente contiene indescifrables y atemorizantes recuerdos y deseos. En realidad, se trata más de una parte de las funciones cerebrales asociadas a determinados tipos de contenidos.

Estos contenidos pueden estar ligados principalmente a dos orígenes:

a) Experiencia infantil

La mayor parte de los procesos inconscientes están relacionados con nuestra experiencia infantil y, por tanto, son contenidos implícitos sin conceptualizar o conceptualizados a la manera en la que lo hacen los niños, dependiendo de la etapa evolutiva en la que se encuentren en ese momento.

Desde que nacemos, estamos expuestos a sensaciones y experiencias que por lo general son vividas de manera muy intensa, ya que es una etapa de elaboración de patrones pre-reflexivos muy potentes sobre la realidad. Sin embargo, nuestro cerebro no está neurológicamente maduro para codificarlas de una manera lógica y secuencial, sino que el registro es más bien visceral y pre-simbólico. Además, carecemos de un lenguaje desarrollado para acompañarlo y poder acceder más tarde desde nuestro razonamiento “adulto”.

Esto sucede cuando no existe el lenguaje (antes de los 2-3 años), pero también después, ya que los mecanismos de codificación preferentes siguen siendo otros hasta los 12 ó 13 años. Ocurrirá especialmente cuando las experiencias fueron excesivamente intensas emocionalmente y el cerebro del niño se sobreestimuló, pero también cuando no fueron suficientemente significativas, no fueron reconocidas por el entorno o nunca se pusieron en palabras.

Por ejemplo, imaginemos un niño que está estresado por una serie de situaciones injustas y emocionalmente intensas con un profesor. Si tiene pocas oportunidades de hablar de esa experiencia, por ejemplo, porque no hay nadie sensible e implicado en escucharle y ayudarle a dar sentido a lo ocurrido, etc., no puede adquirir un vocabulario para describirla y, por lo tanto, no se vuelve comprensible porque los conceptos no están formados. No se vuelve consciente.

b) Experiencias altamente traumáticas.

A cualquier edad puede ocurrir que determinados recuerdos sean reprimidos por resultar demasiado dolorosos, trágicos o desconcertantes.

Esto es el resultado de una intensa sobre-estimulación de la amígdala y del sistema límbico del cerebro, las estructuras más “mamíferas” que, ante una situación de peligro, nos impulsan a huir, paralizarnos o luchar. Cuando esto ocurre, hay poca estimulación en la corteza frontal y poca integración con el cuerpo calloso, por lo que el pensamiento, la secuencia temporal, el lenguaje, los conceptos, la lógica… no funcionan. Por lo tanto, no podemos simbolizar la experiencia.

¿Para qué sacar a la luz lo que no se recuerda, de qué sirve?

El hecho de que algo sea inconsciente nos puede llevar a pensar que lo sucedido, al no recordarlo explícitamente, no influirá en nuestra vida presente y futura. Sin embargo, ocurre más bien al contrario. Esas experiencias, conclusiones y decisiones implícitas influyen fuerte y constantemente en:

  • Nuestra experiencia corporal y emocional
  • Nuestros patrones de apego y relación
  • Nuestras necesidades relacionales fijadas
  • Nuestros miedos, repulsiones y anhelos
  • Nuestros síntomas físicos y psicosomáticos
  • Nuestras introyecciones
  • Nuestras reacciones transferenciales
  • Nuestras creencias implícitas
  • Nuestro guion de vida.

En definitiva, tienen mucho que ver con las dificultades o dinámicas que nos suelen llevar a buscar terapia.

Traer a la consciencia los recuerdos, los sentimientos, los pensamientos, las sensaciones y las asociaciones inconscientes permite a la persona darse cuenta de su motivación y mecanismos de afrontamiento, proporcionando así la oportunidad de que el comportamiento sea determinado por una elección actual, en vez de por una compulsión, un miedo o una lealtad antigua.

Por lo tanto, la principal tarea de un psicoterapeuta para un cambio profundo es HACER CONSCIENTE LO INCONSCIENTE, a través de su implicación en una indagación holística y cuidadosa, y en el marco de una relación segura y de confianza.

Verónica Diez Aramburu

Verónica Diez Aramburu es una profesional de la psicología con más de 15 años de trayectoria dedicada al acompañamiento en los planos organizacional, psicológico y educativo. Ha trabajado con diversos colectivos en diferentes circunstancias y estadios evolutivos (niños y niñas, adolescentes, personas adultas y mayores).

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