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EDUCAR PERSONAS BUENAS

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EDUCAR PERSONAS BUENAS

Supongo que todos nos alarmamos cuando escuchamos a diario casos de bullying, situaciones de maltrato intrafamiliar, relaciones con abuso de poder… que implican activamente a niños y adolescentes. Da miedo pensar que nuestro hijo o hija se pueda convertir en un futuro en víctima o verdugo, que pueda buscar su identidad haciendo daño a otros o, por el contrario, que tolere el no ser bien tratado y no sepa poner límites en sus relaciones.

Pero, ¿cómo educar a nuestros hijos para que construyan relaciones sanas?

No todo está bajo nuestro control y en buena medida nuestros hijos e hijas serán como elijan ser, en base a las experiencias y relaciones que les toquen. Pero hay mucho que sí podemos hacer. En mi opinión, estas serían las premisas básicas:

 

  • Podemos darles el modelo. El modelo de persona, el modelo de relaciones, también de relación de pareja. Podemos tomarnos la maternidad / paternidad como un compromiso de crecimiento personal, ya que, cuanto más sanos seamos nosotros y nuestras relaciones, mejor será la referencia interna de a qué pueden aspirar.

 

  • Podemos tratarlos bien. Estarán recibiendo el mensaje de que nadie tiene derecho a faltarles al respeto, a anular su voluntad, a despreciar lo que son… Y mucho menos que todo eso pueda constituir una muestra de amor. Si se ha crecido en un hogar suficientemente libre de críticas y descalificaciones (explícitas o implícitas), va a ser difícil tolerar, ignorar o quitar importancia a las pequeñas o grandes conductas de abuso con las que seguro se encontrará. Uno se va a sentir profundamente incómodo y va a sentir la necesidad de poner un límite o alejarse de este tipo de situaciones.

 

  • Podemos ejercer un buen liderazgo. Más que incidir en la necesidad de normas y límites (parece que se trata de que cuantos más y más rígidos, mejor, y no es así) prefiero hablar de descubrir y desarrollar nuestra capacidad de liderazgo. Un buen líder es el que sabe ver a las personas, las acompaña, influye y se deja influir, orienta y estimula… y en momentos de crisis o cuando es necesario toma el mando y es firme con lo que es obligatorio hacer y lo que no se permite. Si tenemos claro que ése es el liderazgo deseable en una organización, ¿por qué nos cuesta tanto verlo en una familia? No se trata de ser más autoritario, de frustrar mucho, de alejarse emocionalmente. Se trata de tener una consistencia que haga del liderazgo nuestro lugar natural en la familia, sabiendo que a todos los líderes se les cuestiona y reta -gajes del oficio-. Desde este punto de vista, habrá líneas rojas que no se traspasan y es nuestro papel erigirlas, como por supuesto las que tienen que ver con tratar mal a otras personas y hacer daño con los hechos o las palabras. Así, les estaremos un modelo de empoderamiento respetuoso y no agresivo que podrán actuar fuera de casa.

 

  • Podemos protegerlos. ¿De qué? De aquello que no pueden controlar, porque excede su capacidad en ese momento evolutivo. Ciertas personas, ambientes, medios de comunicación, peligros virtuales… Por ejemplo: internet, videojuegos, televisión… están llenos de modelos de relaciones insanas y violentas. Es nuestro papel limitar su acceso y vigilar los contenidos.

 

  • Podemos permitir su autonomía, en el sentido de dejar que se descubran como personas, estar pendientes pero no “encima”. Proteger y a la vez soltar las riendas es probablemente el equilibrio más difícil de lograr como padres y madres. Por supuesto, necesitan pasar tiempo con nosotros, cantidad y calidad de tiempo (también necesitan ver nuestras imperfecciones y fallos, nada más limitante que tener referentes perfectos). Pero tienen que tener la oportunidad de enfrentarse a dificultades y de equivocarse, sabiendo que estamos ahí para escucharlos y acompañarlos si hace falta, no para hacerlo por ellos. Así se sentirán y se sabrán internamente capaces.

  • Podemos incrementar en la familia las relaciones sociales de respeto y ayuda mutua. Cuanto menos aislados estemos, más oportunidades tendrán para ensayar sus habilidades para relacionarse saludablemente. Actividades lúdicas, voluntariado, estar con amigos, conocer gente de diversas edades y procedencias… son espacios para ensayar diferentes modelos de relación y que ellos mismos comprueben que se pueden construir de diferentes maneras, y que hay alternativas mejores y peores. Y de paso, estaría bien demostrarles que no es necesaria ninguna sustancia para divertirse y estar bien con uno mismo y los demás.

 

  • Podemos hablar y escuchar mucho. Instaurar y cuidar espacios para el diálogo desde que son bien pequeñitos. Conocernos. Que contarnos las cosas sea una costumbre. Dejaremos menos espacio para los secretos y las sorpresas desagradables.

 

Para terminar, me gustaría decir que el miedo no es un buen aliado de la educación. Tengamos en cuenta que los medios de comunicación siempre van a poner el foco en los casos en los que todo falla, pero que afortunadamente hay multitud de adolescentes y jóvenes con valores, conciencia social y ganas de hacer un mundo mejor. Confiemos en ellos y no dejemos que los árboles nos impidan ver el bosque.

Verónica Diez Aramburu

Verónica Diez Aramburu es una profesional de la psicología con más de 15 años de trayectoria dedicada al acompañamiento en los planos organizacional, psicológico y educativo. Ha trabajado con diversos colectivos en diferentes circunstancias y estadios evolutivos (niños y niñas, adolescentes, personas adultas y mayores).

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